La vida y sus aristas, el corazón y sus desvelos, las marcas y los sellos cubiertos por su sangre.
Acumulamos días en estímulos del alma. Los silencios, marcas de compases, ocultas en los tonos de densas melodías.
Los cielos permanecen, resplandor de su sonrisa. Constriñes mi alma y disipas los deseos que en tempestad buscan ser el centro de mi vida.
Largas esperas, y tú anhelando mis manos, aquellas cartas para el cielo. Mis voces en cantos y alegrías que exhalan para tu reino.
Tú, mi fiel oidor. De coraje y valentía, forjas tu imperio con osadía.
Tú, mi fiel admirante, voz y destellos, coronas los años de eternos anhelos.
Tú, mi fiel amante, de corazones a niños, al color de tus santas verdades.
Siempre en tu trono, designios puros de un rey verdadero. Adoraciones, los pasos del amante peregrino, incansable de su hogar, que sueña y anhela por siempre.
Hoy te canto con mi alma, donde las palabras no hablan, donde el ser se desvanece, expira y se cansa; donde mueren los sueños, vanidades y la propia vida.
Donde lo real desnuda, cuenta, canta, exhala, corona, rinde, adora, permea, clama por un Dios vivo y real.
Si nuestra salvación dependiera del último día antes de descansar, ¿qué estaríamos dispuestos a dejar y por qué estaríamos dispuestos a vivir?
Por un Rey supremo, irreemplazable.
¿Soltaríamos las líneas y rayas digitales, los destellos que consumen la atención, para abrazar una vida rendida a su Palabra y una conciencia formada por la eternidad?
Que los cantos y las promesas no se queden en palabras, sino que se vuelvan fe vivida, obediencia diaria, piezas sencillas que se unen como bloques vivos, encajando unos con otros hasta formar una vida para Tu gloria.
Aun en el valle de huesos secos, que tu voz sea escuchada, y donde todo parece inmóvil, vuelva a nacer la vida.
Que la tristeza y el dolor nos enseñen a orar; que la enfermedad no robe la esperanza, sino que mantenga la mirada firme en lo que has prometido.
Porque vendrá el día en que no habrá llanto, ni dolor, ni muerte, y toda aflicción habrá cumplido su propósito en nosotros.
Que las crisis y las grandes preocupaciones sean vistas a la luz correcta: como esferas de cristal agitadas por un momento, bellas en su forma, pero frágiles y pasajeras, incapaces de sostener el alma.
Porque la vida es breve: un momento, un día, sostenido completamente por tu gracia.
En ese breve tiempo, que nuestras intenciones queden expuestas; que lo puro y lo santo no solo se confiesen, sino que se vivan con temor y gozo.
Enséñanos a caminar con pasos firmes, dependientes, sin confiar en nuestras fuerzas.
No afirmamos haber llegado, pero seguimos corriendo la carrera, no para ganar Tu favor, sino porque ya hemos sido alcanzados por Él.
Correremos hasta el fin de nuestros días, o hasta donde Tú, en Tu sabiduría, decidas llamarnos.
Sabemos que la corona no es el centro, sino tu presencia; que la recompensa final es sentarnos a la mesa frente al Gran Rey, plenamente satisfechos en Él.
Perdón por los días mal habitados, cuando el tiempo fue disperso y el corazón estuvo dividido, cuando se perdió el asombro por Tu gloria.
Redime nuestras horas. Enséñanos a vivir como quienes saben que todo cuenta. Haz ligera nuestra carga, no quitando el yugo, sino enseñándonos a amar Tu yugo.
Envía mensajeros, compañeros fieles, que nos recuerden, cuando olvidemos, que no vivimos para este mundo, sino para verte, disfrutarte y perseverar en Ti hasta el final.
Amén.
Filipenses 3:12–14 — Correr la carrera habiendo sido ya alcanzados por Cristo.
Apocalipsis 21:4 — El fin del llanto, del dolor y de la muerte.
Mateo 11:28–30 — El yugo que no se quita, pero se aprende a amar.
Que los años pasen en los rincones más sagrados del silencio, en esas mesas y ventanas donde aún guardo los olores de la vida y de las grandes memorias.
A la luz de las velas, en las noches rojizas donde el tiempo se detiene, tu voz susurra pensamientos a mi espíritu y despierta afectos que no sabría nombrar.
Que nunca falten las lágrimas por tus secretos revelados, por tus abrazos en mi desesperanza. Que mis lápices marquen y anclen, hasta el fin, las promesas que exhalan cielo y tu corazón extendido en eternidad.
Uno debería suspirar siempre al ver ese libro donde reposan vidas:
páginas envejecidas, trazos que maduran los años. Y pienso hoy en cuánto has sostenido mi vida en cada hora, en cada herida, en cada día que parecía perdido… perdido sin Ti.
Que podamos envejecer a la luz de tu Palabra; que nuestros afectos se eleven hacia Ti, Padre eterno.
De las eras, Dios Mudas los tiempos, los segundos en años, y el dormir en sueños, acumula suspiros y grandes recuerdos.
Los afanes del alma, los pasos apresurados, cargan sonrisas, esperanzas y fatiga.
Los refugios y los secretos de un espíritu que todo lo sabe, reservado para los tiempos de mesa, y un hogar que, de por vida, abraza en pequeños y grandes manjares.
Sonrisas y preocupaciones, gestos e historias. Osos que devoran, y mensajeros de media talla, anunciando con inocencia una verdad ardiente para corazones fríos.
Recitales y versos donde su voz recuerda por siempre los trazos del cielo y la vida en la tierra.
Cantos y palmas, saltos y oraciones que no cesan: un legado, un fin, el silencio y las fallas, y un Redentor que todo lo paga.
Marcos de memorias eternas, y abrazos que siguen y seguirán sanando.
Lo falso y lo vil, pero nada comparable en todos los tiempos como la Roca eterna, perfecta, verdadera, justa y recta, por siempre inamovible.
“Solo él es mi roca y mi salvación, mi fortaleza donde no seré sacudido. Mi victoria y mi honor provienen solamente de Dios; él es mi refugio, una roca donde ningún enemigo puede alcanzarme.” Salmos 62:6-7 NTV
Decidí mi postura, mi convicción. Decidí acallar mi alma, cerrar mis oídos y mis ojos a los sonidos de esta vida.
Las olas vienen y van; y revueltos somos, en tempestad, guiados por ciegos en censos dispersos de relativismos, fortunas y placeres, enfocados en lo alto de la cumbre.
El corazón no se cansa, y desbocados vamos, en la ruin verdad de almas sin sentido, sometidas al señorío del príncipe y su mundo: el vientre y sus máximas… perdidos somos.
Pero en los silencios, y en las voces dentro del silencio, los temores en soledad se disipan. Y sus consejos, como dulces bocados de pan, Ciertos verdaderos y eternos, son reservados para los valientes y discretos apasionados por Su voz, que aliento y vida nos da.
Al Cristo Resucitado, Milagros Visibles. Los bucles que llaman en aguas profundas, los ojos cerrados, el cielo expirando en la eternidad. Cautivos de anchos caminos, la soledad estrecha, y en suspiros, la meta de muchos, pero que pocos se atreven a recorrer.
Galardones del alma, pero si en el alba no viste mi rostro, recuérdame que extrañas mi esencia, fiel Creador. Tus palabras me transforman, vida dame cada día. Hazme testigo de tu poder, y aunque sean estrechos mis pasos, que mi pasaporte y mi ciudadanía sean siempre sellados por tu reino.
En honor a ti, mis coronas, los reinos y el cielo, y Tú, el gozo supremo. La vida como sombras, el reflejo de nuestro afán, la imagen en réplicas, imitamos y anclamos en nuestro ser la creación del Creador.
Recuerdo las horas ilimitadas tras el sonar del segundero. Hoy el tiempo llena el vaso y sin sentido en porcentajes de vida, se suele decir que vamos a media cuota.
Fotos en analógico, el incumplimiento y el botón de apagado de una red social. Quizás, para los más cuerdos y osados, significa el mayor acto de rebeldía.
Manos ligeras, perdidas en pensamientos, y el modo avión exclama en azules el cielo.
Lo cruel de las jaulas y el sinfín de la escritura: las oraciones, la música, los versos, los diseños y las nuevas ideas. Ilimitados y tan limitados a la vez.
Llegará el día en que mis ojos vean ese reloj antes del adiós definitivo, y fundido en ese tic-tac, lo corto de la vida llamará a un nuevo mundo.
¡Qué corto es este momento!, como sobras de pan, fue destiñendo los abrazos, las sonrisas y las peleas. Todo fue olvidado, pero los grandes gestos y el alma en caminos eternos, que hablan de un Dios sanador y salvador, lo cambian todo cuando Él es el florero en el centro de nuestra mesa por siempre.