La vida y sus aristas, el corazón y sus desvelos, las marcas y los sellos cubiertos por su sangre.
Acumulamos días en estímulos del alma. Los silencios, marcas de compases, ocultas en los tonos de densas melodías.
Los cielos permanecen, resplandor de su sonrisa. Constriñes mi alma y disipas los deseos que en tempestad buscan ser el centro de mi vida.
Largas esperas, y tú anhelando mis manos, aquellas cartas para el cielo. Mis voces en cantos y alegrías que exhalan para tu reino.
Tú, mi fiel oidor. De coraje y valentía, forjas tu imperio con osadía.
Tú, mi fiel admirante, voz y destellos, coronas los años de eternos anhelos.
Tú, mi fiel amante, de corazones a niños, al color de tus santas verdades.
Siempre en tu trono, designios puros de un rey verdadero. Adoraciones, los pasos del amante peregrino, incansable de su hogar, que sueña y anhela por siempre.
Hoy te canto con mi alma, donde las palabras no hablan, donde el ser se desvanece, expira y se cansa; donde mueren los sueños, vanidades y la propia vida.
Donde lo real desnuda, cuenta, canta, exhala, corona, rinde, adora, permea, clama por un Dios vivo y real.
La vida y sus grandes osadías, los corazones extasiados y el agua diluyéndose entre las manos; las utopías y los sueños de mundos temporales, las cimas que en sus manifestaciones, aparentan el éxito de seres que siguiendo tendencias, tocan en píxeles el cielo.
El ego y su falsa virtud, el ser vuelto ombligo. Lo que se presume en grandes dichos es casi siempre, lo que más se carece.
Grandes pensadores alzan sus voces desde plataformas digitales, castillos de arena sostenidos por aplausos.
Presumen absolutos, creyendo saberlo todo, mientras arrastran a multitudes como caudales ciegos hacia la muerte y la perdición.
Apariencias que seducen, temores que gobiernan, desdichas disfrazadas de luz.
Tiempo por vida, transacciones absurdas: gastar el alma creyendo que nunca moriremos, que jamás cerraremos los ojos.
El sol del mediodía y su tristeza entonando canciones amargas. Ojos incansables que presumen experiencias osadas, oídos que en susurros, exhalan deleites pasajeros.
La congoja y el tiempo: lápidas que como sellos, anuncian el olvido.
Rendidos y exhaustos, sin noción y sin encanto, el temor agoniza, mientras sus ideas pretenciosas llenan el alma de llanto.
Pero hay un gran amor y un precio alto. Permanencias que no caducan, tiquetes que en silencio se anuncian desde lo alto.
Desafíos marcados con sellos, cimientos de un edificio eterno.
Su dulce paz por un corazón que corre según Sus designios. Una vida completa, aun en la espera, como centinela atento a Su voz en cada amanecer.
Sus dichos, en grandes promesas se exhalan por coronas incorruptibles.
Cuando los santos bailen, y ÉL en su trono inamovible y sereno anunciado su regreso.
Inspirado en Eclesiastés 11 y 12 Biblia el mensaje.
Las temporadas y los sellos, los días de cantos y adoración, los milagros y los anhelos fervientes.
El cielo derramando su gloria, el tiempo de los tiempos: Dios presente, vivo y real.
Tus justos juicios y los clamores pidiendo el cielo en la tierra.
Corazones antes perdidos, ahora vivos. Una nueva temporada, cuadros de días gloriosos.
Dedos y oídos escribiendo nuevos ritmos: adoradores sensibles a la luz de tu verdad.
Guárdanos de dejar pasar los días, haznos soñar despiertos en el fluir de tu amor; que lo sobrenatural se manifieste y prepare el camino para el justo Rey.
Los dones como ofrendas, mis manos incansables en adoración.
Haznos tus íntimos fieles, parte de esa generación de relevo.
Sella nuestros ojos a la eternidad y nuestros pasos al estrecho caminar de tu corazón.
Si nuestra salvación dependiera del último día antes de descansar, ¿qué estaríamos dispuestos a dejar y por qué estaríamos dispuestos a vivir?
Por un Rey supremo, irreemplazable.
¿Soltaríamos las líneas y rayas digitales, los destellos que consumen la atención, para abrazar una vida rendida a su Palabra y una conciencia formada por la eternidad?
Que los cantos y las promesas no se queden en palabras, sino que se vuelvan fe vivida, obediencia diaria, piezas sencillas que se unen como bloques vivos, encajando unos con otros hasta formar una vida para Tu gloria.
Aun en el valle de huesos secos, que tu voz sea escuchada, y donde todo parece inmóvil, vuelva a nacer la vida.
Que la tristeza y el dolor nos enseñen a orar; que la enfermedad no robe la esperanza, sino que mantenga la mirada firme en lo que has prometido.
Porque vendrá el día en que no habrá llanto, ni dolor, ni muerte, y toda aflicción habrá cumplido su propósito en nosotros.
Que las crisis y las grandes preocupaciones sean vistas a la luz correcta: como esferas de cristal agitadas por un momento, bellas en su forma, pero frágiles y pasajeras, incapaces de sostener el alma.
Porque la vida es breve: un momento, un día, sostenido completamente por tu gracia.
En ese breve tiempo, que nuestras intenciones queden expuestas; que lo puro y lo santo no solo se confiesen, sino que se vivan con temor y gozo.
Enséñanos a caminar con pasos firmes, dependientes, sin confiar en nuestras fuerzas.
No afirmamos haber llegado, pero seguimos corriendo la carrera, no para ganar Tu favor, sino porque ya hemos sido alcanzados por Él.
Correremos hasta el fin de nuestros días, o hasta donde Tú, en Tu sabiduría, decidas llamarnos.
Sabemos que la corona no es el centro, sino tu presencia; que la recompensa final es sentarnos a la mesa frente al Gran Rey, plenamente satisfechos en Él.
Perdón por los días mal habitados, cuando el tiempo fue disperso y el corazón estuvo dividido, cuando se perdió el asombro por Tu gloria.
Redime nuestras horas. Enséñanos a vivir como quienes saben que todo cuenta. Haz ligera nuestra carga, no quitando el yugo, sino enseñándonos a amar Tu yugo.
Envía mensajeros, compañeros fieles, que nos recuerden, cuando olvidemos, que no vivimos para este mundo, sino para verte, disfrutarte y perseverar en Ti hasta el final.
Amén.
Filipenses 3:12–14 — Correr la carrera habiendo sido ya alcanzados por Cristo.
Apocalipsis 21:4 — El fin del llanto, del dolor y de la muerte.
Mateo 11:28–30 — El yugo que no se quita, pero se aprende a amar.
Que los años pasen en los rincones más sagrados del silencio, en esas mesas y ventanas donde aún guardo los olores de la vida y de las grandes memorias.
A la luz de las velas, en las noches rojizas donde el tiempo se detiene, tu voz susurra pensamientos a mi espíritu y despierta afectos que no sabría nombrar.
Que nunca falten las lágrimas por tus secretos revelados, por tus abrazos en mi desesperanza. Que mis lápices marquen y anclen, hasta el fin, las promesas que exhalan cielo y tu corazón extendido en eternidad.
Uno debería suspirar siempre al ver ese libro donde reposan vidas:
páginas envejecidas, trazos que maduran los años. Y pienso hoy en cuánto has sostenido mi vida en cada hora, en cada herida, en cada día que parecía perdido… perdido sin Ti.
Que podamos envejecer a la luz de tu Palabra; que nuestros afectos se eleven hacia Ti, Padre eterno.
Que al cerrar los ojos…. podamos ver al Cristo resucitado, en gloria y majestad.
Cada vez que los cerramos, algo en nosotros muere: se apaga el día, se desvanece el viejo hombre, y en su lugar despierta la esperanza…. la vida del Espíritu…que renueva lo que parecía perdido.
Cerrar los ojos…es confiar para la eternidad.
Es descansar en el misterio de la resurrección, mientras el cielo se abre con aires nuevos y aromas de gracia.
Es como si el alma recordara… su verdadero hogar.
En su silencio, hallamos dirección. Aprendemos a disfrutar la voz del Padre, su consejo tierno, su sabiduría que detiene mis días, para vivir con propósito.
Las rocas y el viento, el vapor y el sol de mediodía, la brisa que toca con suavidad…todo nos habla de su hermosura.
Cada paisaje es un lenguaje del cielo, una invitación… a amarlo más, a volver el corazón a su centro.
De las alturas del mundo a lo profundo del alma, todo nos conduce a una sola verdad: Que Cristo sea visto, y amado,como el Todo de todas las cosas.
“Así debemos vivir, mientras llega ese día feliz y maravilloso que todos esperamos, cuando se manifestará nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.”
Superficialmente profundos, rostros gentiles, actos vacíos. Versos dispersos sin raíz ni contexto, nominalismo a flor de piel, rituales sin fuego ni altar.
El club social de normas y moral ha desplazado al Espíritu. Códigos sin cruz, modales sin quebranto.
Lo precioso y excelente, las camas duras sin santos, el largo dormir de los escogidos, y las vigilias sin valientes. El entretenimiento, el centro de una mesa con entes ausentes.
Amaneceres sin causa, oraciones forzadas, rudimentos en textos, mientras la vida de los héroes de la fe se borra como rastro en el agua.
Conversaciones sin peso eterno, reflexiones alrededor del ombligo. Los lujos, el todo.
Cristo, al parecer, una moda.
El hedonismo cristiano —el placer por lo eterno— reducido a métodos y disciplinas.
Cristo sin Cristo.
La cruz, apenas un dibujo sin gloria. La adoración, ya no espera de amantes, sino agendas con tiempos medidos.
¿Dónde están las cartas al Amado, escritas con lágrimas y fuego? ¿Dónde el anhelo por Su rostro más fuerte que el deber?
La esperanza en gloria está silenciada, las doctrinas, arrinconadas. Pero hay un remanente que corre,
que grita con voz firme:
¡El cielo gobierna!
¡Maranatha, Cristo viene!
“Pues el mundo solo ofrece un intenso deseo por el placer físico, un deseo insaciable por todo lo que vemos, y el orgullo de nuestros logros y posesiones. Nada de eso proviene del Padre, sino que viene del mundo; y este mundo se acaba junto con todo lo que la gente tanto desea; pero el que hace lo que a Dios le agrada vivirá para siempre.” 1 Juan 2:16-17 NTV