
Oración poética
Solo en ti los días parecen justos,
y verdaderamente lo son.
En ti todo es real y enseñable:
los corazones y sus fragilidades,
las durezas y las cegueras,
el ser y su resplandor,
la luna y sus temores nocturnos.
Los pasos en gloria,
los desiertos que parecen invisibles,
los días grises y las visiones
de una ciudad eterna junto a ti.
En tu pecho habitan
las primaveras que nunca terminan.
Tus abrazos y mis días soñados,
tu silencio y tu sabiduría;
tus atrios y mis dulces cantos,
mis susurros y tus consejos
cuando corro a tu regazo.
Los días intactos y las luchas que gritan:
«¡Sé hombre!».
Las cabezas sobre los platos,
las almas encendidas en hogueras,
y tus dichos, fieles y justos,
permaneciendo sobre todas las cosas.
Tú eres mi armonía,
mi gozo y mi sustento;
mi porción en la tierra de los vivos,
mi sol y mi gran escudo.
Tú levantas mi cabeza
cuando ya no puedo sostenerla.
Desde el vientre y las entrañas,
en las vilezas y en las alturas,
en cada estación de mi vida,
tú has sido el único bueno.
En tus manos estoy protegido;
que los ríos de tu amor
limpien y renueven mi interior.
No escondas tu rostro de mí.
Íntimo y fiel eres con quien te espera.
Centinela de mi alma,
Roca eterna, gran Ave que me cubre,
consuelas cada uno de mis días.
En los días del perdido,
tú sigues siendo luz;
en medio de mi desesperación,
eres siempre mi esperanza.
Y aun cuando mi voz apenas alcance,
cantaremos al Rey único y sabio,
al que vive y reina por siempre.
La vida y sus montañas pasarán,
los valles y sus sombras también;
pero tú permanecerás en tu trono,
soberano, eterno e inmutable.
Y yo, mientras viva,
encontraré mi porción en ti.








