
La vida y sus grandes osadías, los corazones extasiados y el agua diluyéndose entre las manos; las utopías y los sueños de mundos temporales, las cimas que en sus manifestaciones, aparentan el éxito de seres que siguiendo tendencias, tocan en píxeles el cielo.
El ego y su falsa virtud, el ser vuelto ombligo. Lo que se presume en grandes dichos es casi siempre, lo que más se carece.
Grandes pensadores alzan sus voces desde plataformas digitales, castillos de arena sostenidos por aplausos.
Presumen absolutos, creyendo saberlo todo, mientras arrastran a multitudes como caudales ciegos hacia la muerte y la perdición.
Apariencias que seducen, temores que gobiernan, desdichas disfrazadas de luz.
Tiempo por vida, transacciones absurdas: gastar el alma creyendo que nunca moriremos, que jamás cerraremos los ojos.
El sol del mediodía y su tristeza entonando canciones amargas. Ojos incansables que presumen experiencias osadas, oídos que en susurros, exhalan deleites pasajeros.
La congoja y el tiempo: lápidas que como sellos, anuncian el olvido.
Rendidos y exhaustos, sin noción y sin encanto, el temor agoniza, mientras sus ideas pretenciosas llenan el alma de llanto.
Pero hay un gran amor y un precio alto. Permanencias que no caducan, tiquetes que en silencio se anuncian desde lo alto.
Desafíos marcados con sellos, cimientos de un edificio eterno.
Su dulce paz por un corazón que corre según Sus designios. Una vida completa, aun en la espera, como centinela atento a Su voz en cada amanecer.
Sus dichos, en grandes promesas se exhalan por coronas incorruptibles.
Cuando los santos bailen, y ÉL en su trono inamovible y sereno anunciado su regreso.
Inspirado en Eclesiastés 11 y 12 Biblia el mensaje.